Salud mental y bienestar de los profesionales sanitarios
La salud mental de los profesionales sanitarios está influida por determinantes sociales y factores laborales. Es clave identificar riesgos y recursos, promover la equidad en el acceso a […]
Establecer la discrepancia entre la edad cerebral estimada y la edad cronológica permite conocer mejor en qué estado real se encuentra un paciente y ofrece más opciones para mejorar la práctica clínica
El envejecimiento cerebral no avanza de forma homogénea en las personas con la misma edad cronológica. En las dos últimas décadas se han desarrollado modelos capaces de estimar la edad funcional del cerebro a partir de señales neurofisiológicas y de neuroimágenes1.
Estos avances han permitido describir diferencias relevantes en la salud cognitiva de las personas. Los modelos han dado lugar a los relojes cerebrales, herramientas que permiten identificar desviaciones individuales en el proceso de envejecimiento y analizar cómo determinadas experiencias se pueden asociar a un retraso funcional del cerebro2.
Los relojes cerebrales son modelos computacionales construidos mediante algoritmos de aprendizaje automático y entrenados con datos de resonancia magnética de grandes cohortes que estiman la edad biológica del cerebro a partir de patrones de grosor cortical, volumen subcortical y conectividad1.
La discrepancia entre la edad cerebral estimada y la edad cronológica se denomina brain age gap (BAG) y constituye una medida funcional del envejecimiento cerebral1.
Un BAG positivo indica que se trata de la persona posee un cerebro con rasgos propios de un individuo de más edad y, por tanto, rasgos de envejecimiento acelerado. Por el contrario, un BAG negativo refleja una edad cerebral inferior a la cronológica1.
Este marcador ha demostrado sensibilidad para detectar la variabilidad interindividual en poblaciones sanas y para identificar trayectorias de envejecimiento diferenciadas asociadas a estilos de vida y experiencias complejas1.
Llama la atención que los mayores BAG positivos se dan en personas con condiciones psiquiátricas y neurológicas, integrantes de poblaciones vulnerables expuestas a factores externos físicos y sociales o en quienes tienen estilos de vida poco saludables1.
El análisis comparativo entre personas con destreza en actividades creativas y quienes no poseen esa pericia muestra diferencias consistentes en BAG. Por ejemplo, en un estudio transversal con 232 participantes, quienes tenían más habilidades para la danza, la música, las artes visuales o los videojuegos presentaron valores de BAG inferiores1.
Además, las reducciones medias de BAG oscilaron entre aproximadamente -4 y -7 años, según el dominio de experiencia, algo que indica una asociación entre práctica prolongada y retraso funcional del envejecimiento cerebral1.
La música implica la activación coordinada de redes auditivas, emocionales, motoras y memorísticas. Esta integración funcional explica por qué la memoria musical puede preservarse incluso cuando otros sistemas de memoria están deteriorados3.
Por su parte, cuando un músico improvisa provoca que el cerebro desconecte las áreas conscientes de autocontrol para que las nuevas ideas fluyan sin obstáculos y sugiere que la desactivación de la actividad en la corteza prefrontal sería una señal de la creatividad neuronal3.
Asimismo, observaciones clínicas muestran que personas con demencia ofrecen respuestas emocionales y conductuales al escuchar piezas musicales cuando otras formas de estimulación dejan de ser efectivas, lo que sugiere un papel específico de la música en la resiliencia funcional del cerebro3.
Los videojuegos constituyen experiencias complejas que combinan atención sostenida, toma de decisiones, memoria de trabajo y coordinación visuoespacial. Por ello, en un grupo de adultos que se sometió a sesiones de 30 minutos diarios durante ocho semanas se detectaron aumentos de la plasticidad estructural en el hipocampo derecho, la corteza prefrontal dorsolateral derecha y el cerebelo bilateral4.
Sin embargo, no todos los videojuegos producen los mismos efectos. Los mayores beneficios estructurales se observan en juegos que exigen navegación espacial, planificación y adaptación continua a entornos variables4.
En estos casos, se han descrito incrementos regionales medibles y una reorganización funcional que reduce la carga de control consciente, que se interpreta como una optimización del procesamiento neuronal4.
La salud mental de los profesionales sanitarios está influida por determinantes sociales y factores laborales. Es clave identificar riesgos y recursos, promover la equidad en el acceso a […]
La relación entre experiencia y edad cerebral sigue un patrón dosis-respuesta. Tanto en música como en videojuegos, una mayor duración y complejidad de la práctica se asocia con cambios más amplios del BAG1.
Por tanto, la estimulación sostenida se vincula con trayectorias de BAG más favorables. Esto provoca una ralentización del envejecimiento cerebral, sin que ello tenga que implicar necesariamente rejuvenecimiento2.
Las experiencias creativas inducen cambios sinápticos, fortalecen las conexiones existentes y facilitan la metaplasticidad, como reflejan los cambios de conectividad y la eficiencia en la organización de las redes neuronales1.
Es más, las personas con alta experiencia creativa compleja muestran patrones de conectividad funcional distintos que favorecen el procesamiento multimodal y se interpretan a una menor edad cerebral estimada1.
Las experiencias creativas no solo se asocian a diferencias en BAG, sino también a mejoras en el bienestar subjetivo y la adaptación funcional de personas con trastornos neurológicos y psicológicos4.
Cada año de aumento en BAG se incrementa el riesgo de sufrir la enfermedad de Alzheimer un 16,5 %, el peligro de padecer deterioro cognitivo leve un 4,0 % y la mortalidad por todas las causas un 12 %5.
En contextos de demencia, la música y otras actividades artísticas facilitan la expresión emocional y la interacción social, mientras que en población general la creatividad se relaciona con mayor flexibilidad cognitiva y regulación emocional3.
Como parte de las estrategias de promoción de salud cerebral, los profesionales sanitarios pueden recomendar la incorporación regular de actividades creativas adaptadas a la edad, capacidades y preferencias del paciente, sin sustituir intervenciones terapéuticas establecidas4.
La evidencia disponible apoya la práctica sostenida de música, danza, artes visuales y videojuegos complejos como estrategias complementarias para modular el reloj cerebral y retrasar el envejecimiento funcional4.
Fuentes:
1. Nature Communications, Creative experiences and brain clocks https://www.nature.com/articles/s41467-025-64173-9
2. Nature Medicine, Nature Medicine, Brain clocks capture diversity and disparities in aging and dementia across geographically diverse populations https://www.nature.com/articles/s41591-024-03209-x
3. The Lancet Neurology, Music lives on: fine tuning the memory https://www.thelancet.com/journals/laneur/article/PIIS1474-4422(17)30399-X/
4. Frontiers, The light side of gaming: creativity and brain plasticity https://www.frontiersin.org/journals/human-neuroscience/articles/10.3389/fnhum.2023.1280989/full
5. BAG Communications Medicine, Brain age gap as a predictive biomarker that links aging, lifestyle, and neuropsychiatric health https://www.nature.com/articles/s43856-025-01100-5
Establecer la discrepancia entre la edad cerebral estimada y la edad cronológica permite conocer mejor en qué estado real se encuentra un paciente y ofrece más opciones para mejorar la práctica clínica
El envejecimiento cerebral no avanza de forma homogénea en las personas con la misma edad cronológica. En las dos últimas décadas se han desarrollado modelos capaces de estimar la edad funcional del cerebro a partir de señales neurofisiológicas y de neuroimágenes1.
Estos avances han permitido describir diferencias relevantes en la salud cognitiva de las personas. Los modelos han dado lugar a los relojes cerebrales, herramientas que permiten identificar desviaciones individuales en el proceso de envejecimiento y analizar cómo determinadas experiencias se pueden asociar a un retraso funcional del cerebro2.
Los relojes cerebrales son modelos computacionales construidos mediante algoritmos de aprendizaje automático y entrenados con datos de resonancia magnética de grandes cohortes que estiman la edad biológica del cerebro a partir de patrones de grosor cortical, volumen subcortical y conectividad1.
La discrepancia entre la edad cerebral estimada y la edad cronológica se denomina brain age gap (BAG) y constituye una medida funcional del envejecimiento cerebral1.
Un BAG positivo indica que se trata de la persona posee un cerebro con rasgos propios de un individuo de más edad y, por tanto, rasgos de envejecimiento acelerado. Por el contrario, un BAG negativo refleja una edad cerebral inferior a la cronológica1.
Este marcador ha demostrado sensibilidad para detectar la variabilidad interindividual en poblaciones sanas y para identificar trayectorias de envejecimiento diferenciadas asociadas a estilos de vida y experiencias complejas1.
Llama la atención que los mayores BAG positivos se dan en personas con condiciones psiquiátricas y neurológicas, integrantes de poblaciones vulnerables expuestas a factores externos físicos y sociales o en quienes tienen estilos de vida poco saludables1.
El análisis comparativo entre personas con destreza en actividades creativas y quienes no poseen esa pericia muestra diferencias consistentes en BAG. Por ejemplo, en un estudio transversal con 232 participantes, quienes tenían más habilidades para la danza, la música, las artes visuales o los videojuegos presentaron valores de BAG inferiores1.
Además, las reducciones medias de BAG oscilaron entre aproximadamente -4 y -7 años, según el dominio de experiencia, algo que indica una asociación entre práctica prolongada y retraso funcional del envejecimiento cerebral1.
La música implica la activación coordinada de redes auditivas, emocionales, motoras y memorísticas. Esta integración funcional explica por qué la memoria musical puede preservarse incluso cuando otros sistemas de memoria están deteriorados3.
Por su parte, cuando un músico improvisa provoca que el cerebro desconecte las áreas conscientes de autocontrol para que las nuevas ideas fluyan sin obstáculos y sugiere que la desactivación de la actividad en la corteza prefrontal sería una señal de la creatividad neuronal3.
Asimismo, observaciones clínicas muestran que personas con demencia ofrecen respuestas emocionales y conductuales al escuchar piezas musicales cuando otras formas de estimulación dejan de ser efectivas, lo que sugiere un papel específico de la música en la resiliencia funcional del cerebro3.
Los videojuegos constituyen experiencias complejas que combinan atención sostenida, toma de decisiones, memoria de trabajo y coordinación visuoespacial. Por ello, en un grupo de adultos que se sometió a sesiones de 30 minutos diarios durante ocho semanas se detectaron aumentos de la plasticidad estructural en el hipocampo derecho, la corteza prefrontal dorsolateral derecha y el cerebelo bilateral4.
Sin embargo, no todos los videojuegos producen los mismos efectos. Los mayores beneficios estructurales se observan en juegos que exigen navegación espacial, planificación y adaptación continua a entornos variables4.
En estos casos, se han descrito incrementos regionales medibles y una reorganización funcional que reduce la carga de control consciente, que se interpreta como una optimización del procesamiento neuronal4.
La relación entre experiencia y edad cerebral sigue un patrón dosis-respuesta. Tanto en música como en videojuegos, una mayor duración y complejidad de la práctica se asocia con cambios más amplios del BAG1.
Por tanto, la estimulación sostenida se vincula con trayectorias de BAG más favorables. Esto provoca una ralentización del envejecimiento cerebral, sin que ello tenga que implicar necesariamente rejuvenecimiento2.
Las experiencias creativas inducen cambios sinápticos, fortalecen las conexiones existentes y facilitan la metaplasticidad, como reflejan los cambios de conectividad y la eficiencia en la organización de las redes neuronales1.
Es más, las personas con alta experiencia creativa compleja muestran patrones de conectividad funcional distintos que favorecen el procesamiento multimodal y se interpretan a una menor edad cerebral estimada1.
Las experiencias creativas no solo se asocian a diferencias en BAG, sino también a mejoras en el bienestar subjetivo y la adaptación funcional de personas con trastornos neurológicos y psicológicos4.
Cada año de aumento en BAG se incrementa el riesgo de sufrir la enfermedad de Alzheimer un 16,5 %, el peligro de padecer deterioro cognitivo leve un 4,0 % y la mortalidad por todas las causas un 12 %5.
En contextos de demencia, la música y otras actividades artísticas facilitan la expresión emocional y la interacción social, mientras que en población general la creatividad se relaciona con mayor flexibilidad cognitiva y regulación emocional3.
Como parte de las estrategias de promoción de salud cerebral, los profesionales sanitarios pueden recomendar la incorporación regular de actividades creativas adaptadas a la edad, capacidades y preferencias del paciente, sin sustituir intervenciones terapéuticas establecidas4.
La evidencia disponible apoya la práctica sostenida de música, danza, artes visuales y videojuegos complejos como estrategias complementarias para modular el reloj cerebral y retrasar el envejecimiento funcional4.
Fuentes:
1. Nature Communications, Creative experiences and brain clocks https://www.nature.com/articles/s41467-025-64173-9
2. Nature Medicine, Nature Medicine, Brain clocks capture diversity and disparities in aging and dementia across geographically diverse populations https://www.nature.com/articles/s41591-024-03209-x
3. The Lancet Neurology, Music lives on: fine tuning the memory https://www.thelancet.com/journals/laneur/article/PIIS1474-4422(17)30399-X/
4. Frontiers, The light side of gaming: creativity and brain plasticity https://www.frontiersin.org/journals/human-neuroscience/articles/10.3389/fnhum.2023.1280989/full
5. BAG Communications Medicine, Brain age gap as a predictive biomarker that links aging, lifestyle, and neuropsychiatric health https://www.nature.com/articles/s43856-025-01100-5